11.2.17

Querer demasiado.



Cuando abrió los ojos, se encontró con una estrella en su pecho. Cabía entre sus dos manos, era de cinco puntas y estaba resquebrajada por varios lugares, casi apunto de romperse. Brillaba tenuemente con un color ámbar cálido. A veces su luz parpadeaba, apagándose durante largos segundos en los que parecía que no iba a volver. Era suave, no pesaba más que unos cientos de gramos, parecía frágil, pero era del material del que están hechas las estrellas: de sueños y esperanzas.

Estaba empapada, recostada sobre el agua fría del lago que apenas se alzaba hasta los tobillos. Había corrido detrás de una estrella, de la que brillaba en el cielo por ella, de aquella que vislumbró que estaba por convertirse en una estrella fugaz y desaparecer del oscuro infinito del cielo. 
Se había recostado sobre sus codos para incorporarse y sentarse con las piernas extendidas, mojándose aún, el pelo era una maraña mojada del que escapaban gotitas de agua. La estrella que ahora sujetaba en sus manos, había caído en su pecho mientras ella hacía lo posible por llegar a su encuentro y recogerla antes de que desapareciese. Un impacto al que había sobrevivido. Su estrella estaba rota, destrozada, con las puntas apunto de desprenderse de las demás, con una herida que indicaba que no podría volver a brillar con fuerza. Estaba allí, una superviviente.
La abrazó con fuerza contra su pecho, lloró como nunca lo había hecho. No recordaba haberse convertido en una cría... pero siempre había sido una llorona, una llorona que ahora volvía a ser una niña pequeña que pataleaba, gritaba, huía, y se sentía sola.

***

Dio largos paseos. Un día se acercó al mar, se sentó en un saliente que había en la costa junto a las rocas. Descubrió una colonia de gatos que vivían entre los huecos de la zona rocosa. Los observó durante un largo tiempo. Escuchó el mar, vio el atardecer, volvió a caminar. Durante muchos días aquello se convirtió en una rutina.

Se acercó de nuevo otro día, y después de muchas horas en silencio, alguien alzó la voz para preguntar:

- ¿Qué haces aquí?

- Nada, solo estoy pensando.

- ¿Y en qué piensas?

- En mí, en quién quiero, en quiénes piensa en mí. En qué hice mal.
.
- ¿Y qué has hecho?

- No lo sé. Querer a alguien.

- Entonces debías querer mucho.

- A veces querer a alguien puede ser díficil; me digo: ¿Por qué no puedo odiar?

- Porque tienes mucho para dar, porque quieres mucho.

- Ahora entiendo la expresión...

- ¿Cual?

- "Te quiero". Quizá quería mucho, quizá era que pedía mucho. Quizá quise demasiado. La pregunta es, ¿quise demasiado o amé demasiado? Quizá las dos cosas.

- Me he perdido.

- Yo también... porque quiero demasiado.

- ¿Quieres demasiado? ¿Qué quieres?

- Quiero a alguien mucho. Quiero quererme a mí misma. Quiero que todo esté bien. Quiero que confíen en mí, quiero que me quieran...

- ¿Tienes una estrella?

- Está rota.

Y se la mostró, sacándola de un bolsito que colgaba en su costado.

- Está rota.

- Eso he dicho.

- Aquí falta un trozo. ¿A quién se lo has dado?

- Se lo dí a alguien que se lo llevó.

- ¿Por qué?

Agachó la cabeza, miró la estrella con su tenue luz en el atardecer, la volvió a esconder.

- Porque quiero mucho. Y como quiero mucho, di una parte de mí.

- Querrás decir que amas mucho.

- O que quiero demasiado. Nunca lo sabré.

Se sentó a su lado en silencio, y pasó toda aquella tarde a su lado, después se tuvo que marchar. Y ella volvió a escuchar las olas del mar y a mirar a los felinos que entre rocas vivían esperando un nuevo amanecer.

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